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lunes, 29 de marzo de 2010

el temblor del arte

Para crecer hay que temblar, decía René Char.
La tranquilidad produce un mal arte, en todo caso lo que crea es artesanía. Es importante el miedo ante la página en blanco; ante el lienzo. El miedo que sigue al primer entusiasmo y al deseo. Lo más difícil siempre es lo más interesante, no necesariamente el sufrimiento, pero sin duda intensidad.
El temblor de la hoja que queda impertérrita apegada al árbol después de la tormenta. Esa que atrae la mirada por su fuerza.
Muy pocos están dispuestos a temblar. Esos son los que hacen obras emocionantes. Las que nos dejan estupefactos.

(Fotografía Magali Paulin)

jueves, 17 de diciembre de 2009

contadores y otros cuentos

Si Marcel Proust se hubiese quedado amordazado luego de que André Gide -por entonces lector para Gallimard- devolviera el manuscrito de En busca del tiempo perdido con este comentario: "No puedo comprender que un señor pueda emplear treinta páginas para describir cómo da vueltas y más vueltas en su cama antes de encontrar el sueño", nunca hubiésemos disfrutado de la lentitud y del placer de la descripción.
Escribir por escribir y recibir la negativa de los editores, demuestra la raza de la que a menudo están hechos los que escriben. Los admiro por ello. Empeñarse en lo inútil es lo más cercano que puede estar un ser humano de hacer algo útil.

Sé que queda retórico pero lo llevo pensando la mitad de mi vida.

Graham Greene, Charles Bukowski, Vladimir Nabokov, Philip K. Dick o Malcolm Lowry, por citar algunos ejemplos, podrían haber colgado la máquina de escribir amordazados por la frustración del rechazo. Pero no lo hicieron.

Internet va a acabar con esa tiranía y estamos aquí para verlo. Publicar, publicar en la red...malditos..
(Instalación es de Joanna Vasconcelos (gracias, Pilar) con azulejos de Adriana Varejâo, de una lámpara que no sirve para alumbrar: sino para iluminar. Con unos humildes tampones, convierte un objeto lujoso y barroco en un arma arrojadiza además de feminista)
(foto partisana)

miércoles, 25 de febrero de 2009

Duras y Avedon escriben juntos


Se pasaba los días enteros en las ramas absorta en el dolor inducido por el amante, Incluso se había convertido en un dique contra el pacífico. Recordaba aquél moderato cantabile, sus ojos azules, pelo negro, y aquella canción india que le recordaba a la amante inglesa.
Todo absolutamente todo, sucedía en el square repleto de la música que le producía un arrebato parecido al de Lol V. Stein.
Margerite Duras era ella misma literatura, mon amour. Y además se atrevió a posar para una foto de el gran Richard Avedon, trágica en su fragilidad, atrevida cómo sus sintaxis. Nunca volvió a dirigirle la palabra. Por otro lado, tampoco ninguno de los otros retratados quiso volverse a encontrar con el fotógrafo, ni siquiera en la calle.
Sin embargo, me pregunto ¿porqué todos querían ser objetivo del artista? Por eso, porque sabían de su arte. Arte de verdad lejano de lo bonito.
(Margerite Duras por Richard Avedon en 1993)