domingo, 4 de septiembre de 2016

Chaplin, cuando me ame de verdad

Cuando me amé de verdad, comprendí que en cualquier circunstancia, yo estaba en el lugar correcto y en el momento preciso. Y entonces, pude relajarme. Hoy sé que eso tiene nombre… autoestima.
Cuando me amé de verdad, pude percibir que mi angustia y mi sufrimiento emocional, no son sino señales de que voy contra mis propias verdades. Hoy sé que eso es… autenticidad.
Cuando me amé de verdad, dejé de desear que mi vida fuera diferente, y comencé a ver que todo lo que acontece contribuye a mi crecimiento. Hoy sé que eso se llama… madurez.
Cuando me amé de verdad, comencé a comprender por qué es ofensivo tratar de forzar una situación o a una persona, solo para alcanzar aquello que deseo, aún sabiendo que no es el momento o que la persona (tal vez yo mismo) no está preparada. Hoy sé que el nombre de eso es… respeto.
Cuando me amé de verdad, comencé a librarme de todo lo que no fuese saludable: personas y situaciones, todo y cualquier cosa que me empujara hacia abajo. Al principio, mi razón llamó egoísmo a esa actitud. Hoy sé que se llama… amor hacia uno mismo.
Cuando me amé de verdad, dejé de preocuparme por no tener tiempo libre y desistí de hacer grandes planes, abandoné los mega-proyectos de futuro. Hoy hago lo que encuentro correcto, lo que me gusta, cuando quiero y a mi propio ritmo. Hoy sé, que eso es… simplicidad.
Cuando me amé de verdad, desistí de querer tener siempre la razón y, con eso, erré muchas menos veces. Así descubrí la… humildad.

sábado, 3 de septiembre de 2016

el largo viaje hacia los afectos



Siempre vuelvo a los afectos, no a los lugares. Los lugares puedo olvidarlos, puedo no volver, incluso acaban siendo como húmedo humo que desaparece como gotas de lluvía. Siempre que pienso en algún lugar, es en aquél largo viaje de vagar interminablemente en mis sentimientos y afectos. 
Ese ha sido el viaje más largo y repetido de mi vida.

sábado, 27 de agosto de 2016

te quiero es un hogar


No hay lugares, me dije entonces. Hay gente a la que volvemos como movidos por una especie de aroma a pan tostado, a caldo hervido; a sábanas limpias y a colchas ahuecadas, extendidas sobre estas con levedad, como si el mundo dependiese del gesto de estirar más los apegos. 

Es cierto. Vivir nos acompaña. Da igual a dónde dirijamos nuestros pasos, nuestra mirada atenta, nuestra forma de estar porque, a la postre, vivir es el cociente: la fracción resultante entre soñar y concebirse. 

Por eso volvemos al hogar pero no al sitio. Porque el hogar es móvil como lo son también los sentimientos. Te quiero es un hogar y es para siempre.


(María Alcantarilla)

viernes, 19 de agosto de 2016

el turismo es estar entre ninguna parte


Los turistas miran una abstracción, una postal, un resumen esquemático de una versión establecida de la realidad. 
Los turistas miran la realidad para pisar un mapa. 
Los viajeros miran los mapas para pisar la realidad.
(copypaste desconocido)

El que viaja rápido se pierde el paisaje porque se difumina o no sé ve por demasiao alto, es el viajero que se demora el que ve la totalidad del paisaje que enmarca seres humanos.

El turista pasa la mayor parte de su tiempo en aeropuertos esos -no lugares- y cuando llega sigue la ruta, desesperado para ver más, y  para ver aquello que le ofrecieron en postales.
El turista arrasa los lugares y hay ciudades invisibles cubiertas por los turistas que han ido a conocerlas.
Me cuentan que mi ciudad San Sebastián, se está volviendo inhabitable porque se ha convertido en destino turístico primordial
(partisana) 
(fotografía massimo vitali)

domingo, 7 de agosto de 2016

Lo grande es muy pequeño



La diferencia entre lo que parece grande y lo que parece pequeño en el mundo mercantil y se desdice vitalmente con la evidencia de que lo grande se expresa en un basto papel moneda y lo menudo (la moneda) es pequeño metal que en la mano luce y comunica lucidez. 

La felicidad, personal viene a ser, en este caso, como la metáfora de un collar propio cuyas cuentas nos bendicen como abalorios de oro. Instantes de una felicidad en accesible calderilla, esperando ser manoseada para agradar.
(Verdú)